Leçon de peinture : Bellamine

 

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E. Borja

texto en español más bajo

Commentaires de la „Leçon de peinture“ de Bellamine 

par Emanuel Borja

I.
On sait bien que la critique d’art a toujours dû suivre de quelques pas la peinture, tentant de transmettre la grammaire ineffable de son mystère, de son énigme au code concret et formel du langage littéraire.

Je dois admettre que je suis un peu confus, mais également dans une stimulation, car c’est la première fois que je dois commenter la genèse d’une œuvre quelques pas avant sa naissance.

La „leçon de peinture“ de Fouad Bellamine que je cherche à pénétrer, déchiffrer ou même accompagner comme un aveugle par ce texte, est une aventure picturale non encore née, un événement plastique inédit que veut se révéler, se montrer non pas en tant qu’objet fini (le tableau)
sinon comme pur effort ou comme un étrange processus devant le public.

Mais? Qu’est-ce que la peinture? Quel secrets détient sa pratique? Que signifie être artiste? Je suppose que si quelqu’un connaissait la réponse, ne serait-ce qu’approximative, à ces questions classiques, personne de talent ne continuerait de peindre ni, évidemment, de commenter la peinture. Il est clair que quiconque posséderait la clé de ce qui va se nouer sur une toile blanche ne serait pas artiste, mais tout au plus, un artisan.

Je vais tenter de répondre à ces interrogations avec la peinture de Bellamine, bien que je sache que „création“ signifie „énigme“.

Un tableau est un territoire dans lequel le conflit universel entre ÊTRE et UNIVERS se cristallise.

Au commencement, tout était UNIVERS et ce, jusqu’à ce que l’homme s’est forgé lui-même (ou grâce au souffle divin pour ceux qui veulent croire qu’il en est ainsi) la capacité de regarder autour de lui et de reconnaître ce qu’il voit comme quelque chose de distinct: l’UNIVERS.

De ce conflit primordial serait née, entre autres, la peinture venue comme un combat symbolique entre l’artiste-ÊTRE – agissant comme apprenti-sorcier ou démiurge – et la toile blanche, la feuille de papier ou la pièce vide dans le rôle de l’UNIVERS comme entité passive.

En gros et sans aucune précision, c’est ce „combat“ que va représenter Fouad Bellamine pendant cette expérience d’un mois. Ce qui en sortira, peut-être, ne sera ni ÊTRE ni UNIVERS, mais un croisement fécond, une nouvelle entité, que nous nommerons „peinture“ ou tout simplement „tableau“.

En effet, un tableau – au-delà de la définition donnée par Alberti et Brunelleschi à la Renaissance, le désignant comme „la fenêtre“, terme exigé par la représentation figurative – est également un surface tactile où se combinent alternativement le dessin, la couleur, la composition, la texture, le thème etc. Si nous voulons comprendre quelque chose, il ne nous suffit pas de nous y pencher. Il nous faut procéder d’une manière proche de celle du géologue, étudier couche après
couche, strate après strate.

La peinture est une sorte de coupe géologique dans laquelle convergent et se superposent des strates successives et chaotiques, de tensions progressives.


Si nous devons les classifier, certaines de ces „strates“ seraient de type générique , primaires, telluriques et facilement reconnaissables. Elles répondraient au flux universel de l’Histoire de l’art sous la forme, par exemple, de composition (le „marabout“ de Bellamine), de thème ou de ces premiers traces incertaines ou taches de couleur qui orientent un tableau.

D’autres strates, de nature beaucoup plus personnels subjectives et profondes seraient les strates finales, strates de décision et du talent sur lesquelles se déposent le caractère spécifique te unique d’une oeuvre d’art, ou l’on reconnaît à la fois un style et énigme de la peinture.

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Texto en español

Fouad Bellamine

Comentarios a la „Lección de Pintura“ de Fouad Bellamine

Es de sobra conocido que la crítica de arte ha necesitado correr siempre unos pasos por detrás de la pintura, procurando transladar la gramática inefable de su misterio, de su enigma al código concreto y formal del lenguaje literario.

Debo admitir que estoy un poco confuso, a la vez que estimulado pues es la primera vez que me ocurre el tener que comentar la génesis de una obra unos pasos por delante de que esta se produzca.

Y es que la „leccion de pintura“ de Fouad Bellamine que procuro indagar, descifrar o siquiera acompañar con este texto a ciegas es una aventura pictórica aún „no nata“, un acontecimiento plástico todavía no acaecido que quiere revelarse, mostrarse a sí mismo no ya en cuanto objeto
terminado (el cuadro) sino como puro esfuero o como vivo proceso ante el público.

Pero ?Qué es la pintura“ ?Qué secretos guarda profesarala? ?Qué significa ser artista? Supongo que si alguien tuviera una respuesta, siquiera aproximativa a estas preguntas clásicas, nadie de talento tendría interés en seguir pintando ni, por supuesto, comentando la pintura. Esta claro que aquel que poseyera la clave de lo que va a suceder en una tela en blanco no sería artista sino, todo lo más, un digno artesano.

Voy a intentarlo con la pintura de Bellamine a pesar de que crear significa enigma.

Un cuadro es un territorio en el que se solidifica el conflicto universal entre el SUJETO y el MEDIO.

En un principio todo era MEDIO y así fue hasta que el hombre se forjó a sí mismo (o con el soplo divino para los que así lo quieran creer) como una entidad diferenciada capaz de mirar a su alrededor y reconocer lo que veía, como algo distinto de sí, es decir, como MEDIO.

De este conflicto primordial nacería, entre otras muchas cosas, la pintura que vendría a ser un combate simbólico entre el artista-SUJETO actuando como aprendiz de brujo o como demiurgo; y la tela en blanco, la hoja de papel o la habitación vacía a modo de MEDIO pasivo.

En líneas generales y sin precisar nada, este „combate“ es el que va a protagonizar Fouad Bellamine durante el mes que dura su experiencia. A lo que salga, que ya no será ni SUJETO ni MEDIO sino una cruza, una entidad mueva, lo llamamos „pintura“ o simplemente „cuadro“.

Como resulta que un cuadro, más allá de la clásica definición renacentista de Alberti y Brunelleschi, como „la ventana“ – que la representación figurativa exigía – es también una superficie táctil
donde se combinan aleatoriamente el dibujo, el color, la composición, la texutra, el tema, etc. Si es que queremos entender algo no basta con asomarnos, sino que hemos de proceder con una actitud parecida a la del geólogo, estudiandolo capa por capa, estrato por estrato.

La pintura es, pues, una especie de corte geológico en el que convergen y se superponen estratos sucesivos y caóticos de tensión progresiva.

Puestos a clasificar, algunos de estos „estratos“ serían de tipo muy general, primarios, telúricos y fácilmente reconocibles que responderían al flujo universal de la Histoira del Arte en forma, por ejemplo, de composición (el Marabú de Bellamine), de tema o de esas vagas primeras pinceladas y manchas de color que orientan un cuadro.


Otros, de índole mucho más personal, sujetiva y profunda del artista, serían los estratos finales, los estratos de decisión y de talento que son donde se deposita el caracter especial y único de una obra de arte, allí donde se hace reconocible a la vez un estilo y el enigma de la pintura.

Emanual Borja , Rabat, 06-11-2002

II.
Han pasado las horas y los días de la „Lección de pintura“ de Fouad Bellamine, en esa inevitable cadencia del tiempo cuyo flujo nada logra frenar, ni nada puede contener. Comprensible pero inevitable – como lo defina San Agustin -: „Si no me lo preguntan, lo sé; si quieren que lo explique, no lo sé“, el tiempo, es como una piel tersa y contínua en la totalidad, que se hace rugosa y discontínua entre las manos del artista según éste lo comprime en la tela en especie de nódulos o de espásmos vitales, que serían como fogonazos o relámpagos de conocimiento, inter
rumpiendo su lento transcurso inmutable.

Una sala cuadrada no grande y toda blanca cuyo espacio, hasta en sus ecos fantasmales, el artista conoce como los pliegues de su espíritu.

Bellamine está inquieto y tenso. Parece un pura sangre piafando segundos antes de la carrera. Va a intentar dominar el desafío de pintar y quizá revelar ante los otros ese enigma del que es portador.

Me pregunto entre el murmullo expectante si es posible participar, aunque sólo sea un instante, de la íntima epifanía del creador.

La tela descansa horizontal e inmaculada, pero no inerte, en el suelo. Es un universo, un territorio simbólico, femenino quizá, que Bellamine debe „alimentar“ o „acariciar“ hasta el abrazo – según sus palabras. Mucho esfuerzo físico. Oscilaciones de la brújula en busca de un polosecreto que solo su cuerpo conoce. Capas líquidas de acrílico y de pigmentos: ocres, rojos y negros esparcidos y amasados con la espátula o con los dedos. Se me representa unos instantes la imagen del labrador
preparando abstraído su parcela de tierra para la siembra.

Preguntas y respuestas en el aire. 

El proyecto es una pintura tirando a colores claros, quizá predominantemente blanca, pero no está escrito en ninguna parte que la intención controle la intemperancia del desígnio.

En el tránsito a la verticalidad ha ido creciendo la tensión. Algo del estado de la tela exige la ausencia del artista. Concentración, hermetismo, silencio.

El tiempo comprime su flujo de repente mientras del magma cromático que hay en la obra se define una especie de horizonte, un orden inesperado. La brújula de su cuerpo se ha detenido temblorosa apenas se insinúa la tantas veces repetida curva cenital de su „Marabú“. Matisse escribió que  si nos fijamos en los grandes clásicos veremos que han pintado siempre
el mismo cuadro, de muchas maneras distintas“.

Algo ha percibido El Maleh, sólo él, en unos instantes de indecisión, de ensimismamiento tal vez, que precederán la tormenta, el áspero combate o la „cacería“ (j’ai te eu“) que se desencadena como un torrente y que sólo encauzará sus impulsos, en el espasmo de  gruesas pinceladas, en el sudor esparcido, en los estratos de color aplicados allí con la espátula, retirados aquí, enseguida, para recuperar del fondo transparencias geológicas, aromas sugestivas del mar, sombras cavernosas …

No es posible ir más allá de lo que Bellamine sabe y está dispuesto a revelar de sí mismo en los momentos luminosos del flujo creativo. Mejor es por tanto cubrir lo que ignoramos con el piadoso manto del silencio (Wittgenstein).

La tela terminará siendo, días más tarde, predominantemente negra, dramática, densa, descarnada y en las antípodas, tanto del blanco deseado al principio, como de la clase profesoral que esperaba de está „lección de pintura“ de Fouad Bellamine.

De lo único que ahora estoy seguro es de que crear exige, además de talento y denotación, dosis  sutiles de desorden, de negación y encubrimiento.

Emanuel Borja

 

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